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Por José Gandour @gandour

En estos días de extraño fatalismo y de sueños apocalípticos, no he dejado de pensar en una canción, grabada a principios de la década de los noventa, y que en su momento fue muy popular en el círculo alternativo bogotano. El tema se llama Londres, y lo hizo la banda colombiana Hora Local. Habla del fin del mundo, y arranca con una narración, hecha por el autodenominado «locutor sin licencia» de la agrupación, Eduardo Arias, que dice asi:

«Media hora después de la caída de la gran nube invisible
Nadie sabe que es lo que ocurre en Europa occidental.
Radio Praga y Radio Varsovia han dado comunicados confusos y contradictorios
Casi un siglo de haber sido fundada, la BBC de Londres ha dejado de emitir».

Claro, eran tiempos diferentes, todavía estaba en la memoria, muy presente, la catástrofe de Chernobyl. En aquellos días apenas había caído el muro de Berlín y la Unión Soviética aún no se había disuelto. Si, hablábamos de Perestroika, Glasnost y otros términos rusos que el señor Gorbachov nos enseñó desde el Kremlin, pero igual el miedo a una guerra mundial tardó en desaparecer. 

A medida que la canción avanza, ya en la voz del cantante oficial, Luis Alberto Uriza, se va sintiendo el terrible panorama:

«Mira esas nubes amarillas: Es ozono en descomposición.
Todos buscamos alimento y almacenamos botellas de alcohol.
Tengo un cassette de Pink Floyd pero no hay pilas en mi grabador.
Las paredes se derrumban y hace frío mezclado con calor».

Pero al final de todo ese discurso de triste paisaje, un giro inesperado:

«Los animales están muertos y no entiendo nosotros por qué no.
Y en medio de un edificio se oye un grupo tocando rock and roll.
Ya volveremos otra vez, en unos 2 millones de años,
a repetir la misma historia, a volver a inventar el rock».

En fin, no nos ha tocado desde entonces ver la desgracia nuclear, pero, así, de la nada, se nos viene este mal chiste en formato de virus. Una epidemia que nos ha demostrado que, en muy buena parte de los casos, hemos elegido a los peores gobernantes de la historia, y en otros, más optimistas, nos hemos dado cuenta que a los que están arriba en el poder político les ha tocado aprender a manejar la nueva bestia, con toda la inexperiencia del caso. Y aparte de infortunios mayores como son la muerte y las penurias económicas que todo este asunto ha traído, esta pandemia nos ha convertido en seres demasiado prevenidos, solitarios y paranoicos hasta quién sabe cuándo. Y claro, la música. Todos sabemos que tardaremos un buen rato en ir a un concierto de verdad, con gente a nuestro lado, incluido el que nos habla idioteces justo cuando suena la mejor canción de la banda o la chica que decide subirse en los hombros de su novio, para taparnos todo el panorama del escenario. Tan desesperados estamos que hasta a ese tipo de personajes estamos extrañando en este instante.

Ante la desidia de la mayoría de nuestros líderes estatales, gran parte de la estructura económica que nos rodea se derrumba, y, por supuesto, todo lo que sostenía nuestro ambiente musical. Olvídense de los festivales por muchos días. Además, han cerrado definitivamente cientos y miles de auditorios, bares, restaurantes, salas de ensayo y estudios de grabación. Cuando regresemos a «la normalidad», encontraremos tierra arrasada. No sólo estarán las persianas de estos negocios clausuradas, sino que los posibles inversionistas que tendrán la capacidad de recuperar la estructura no sentirán la confianza para invertir, así como así. Esos emprendedores han aprendido, viendo lo sucedido, que no hay ningún tipo de respaldo y que el escollo será muy alto. ¿Será esto el fin de la música?

A estas alturas, permítanme les cuento una historia. En Bogotá, apenas hace 25 años, el panorama rockero de la ciudad daba fe de la importante cantidad de agrupaciones que andaban por ahí, pero el número de sitios adecuados para la presentación de conciertos era muy limitado. Y un dato muy particular:  Eran poquísimos los empresarios interesados en invertir en una escena que consideraban paupérrima. Estamos hablando de una época sin internet a nuestro favor. Olvídense de las redes sociales. Apenas existía uno que otro espacio radial en las emisoras universitarias y sobraba el desprecio casi total de las frecuencias comerciales. Bogotá, la que hasta hace unos meses ciertos periódicos internacionales calificaron como una de las capitales mundiales de la música,  en su superficie, a mitad de los noventas, mostraba quietud y aburrimiento. Pero abajo de todo, en su mundo subterráneo, pasaba algo que comprobaba su valiosa resistencia. 

El mejor ejemplo de ello fue una casa localizada al norte de la ciudad, en la Avenida Pepe Sierra. Diagonal a un sector de discotecas de mala muerte, había una construcción abandonada, próxima a ser derrumbada. Un espacio amplio que no tenía ni luz ni agua. Mientras los dueños decidían qué hacer con ese espacio, a un personaje llamado Ariel Pérez se le ocurrió que ahí podía montar eventos cada fin de semana. En contra de todas las normas de salubridad y asumiendo riesgos de todo tipo, comenzó a armar presentaciones con las bandas más interesantes del underground capitalino. Alguien, todos los viernes y sábados, se colgaba del poste de la luz y conectaba los equipos de sonido para hacer tronar la tarima. Si las chicas necesitaban ir al baño, el vecino generosamente les abría la puerta de su casa. A los chicos les tocaba hacer lo suyo en el muro del jardín interior.

En ese antro sin nombre (la gente la conocía como la casa de la 116), todos los fines de semana se metían entre 300 y 500 personas. Pasaron por su escenario algunas de las mejores propuestas del momento: Danny Dogde, Catedral, Yuri Gagarin, Serie Naranja. Hasta las legendarias 1280 almas llenaron el lugar y algunos dicen que se cayó una pared esa noche (no hubo desgracias que lamentar). Vinieron bandas desde Cali, Medellín y el Eje Cafetero que, al entrar, se sorprendían del hueco horrible en el que iban a presentarse. Al principio se quejaban, pero pocas horas después, con el público a tope, no dejaban de agradecer la experiencia. Hoy, para que se rían un rato, no hay señal de esa casa. Quizás algunos fantasmas sigan cantando los himnos de esa época, pero en ese lote ahora hay un desabrido McDonalds, y uno que otro consultorio médico. 

Eran tiempos incómodos, donde a los artistas y a los interesados en hacer prosperar una escena en la que nadie más creía les tocó alquilar salones comunales, teatros de medio pelo, garajes de familiares, burdeles nocturnos en jornadas vespertinas. En fin, la incomodidad absoluta y la incertidumbre total. Los organizadores, casi siempre inexpertos acompañantes de los músicos,  se paraban en la puerta para ir haciendo cálculos a medida que el público iba comprando su entrada. Llegaban al punto de equilibrio y respiraban profundo, sabiendo que habían salvado la noche. Ya en ese momento, se rogaba por no llamar la atención de la maldita autoridad uniformada que venía por su tajada. Así creció durante ese tiempo un movimiento rockero en el cual no creyeron por un instante ni la radio, ni las disqueras, ni los supuestos expertos de los medios (esos cuyo su trabajo era leer el listado semanal de la revista Billboard, y nada más, asegurando porfiados que el mundo civilizado se acababa en Miami) . Quizás no vivíamos una atmósfera atómica, pero todo estaba en contra. Igual, algo bueno salió de ahí. 

En fin, en próximos días, volveremos y encontraremos, repito, tierra arrasada. Y nos tocará regresar a algunos de los manuales de hace 25 años y vivir de nuevo la incomodidad, el desespero, las cavernas. Pero quizás, y es mejor pensarlo así, tendremos tiempos de nueva creatividad, de renovación de sonidos, de experiencias necesarias para reavivar nuestro espíritu y nuestra escena musical. Quizás hasta volvamos a inventar el rock. 

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