Por José Gandour @zonagirante

a la memoria de Teto Ocampo. Paz en su tumba.

Yo, lo confieso, fui de los que pensó que con la digitación, el mercado musical iba a ser más democrático, iba a jugar más a favor de los músicos, que la independencia iba a ser, al menos para una parte importante de los artistas, más rentable, más generosa. Yo juraba que, teniendo las canciones en las plataformas digitales y pudiendo ser éstas escuchadas en cualquier parte del planeta, había más posibilidades de expandir las posibilidades de que las bandas más interesantes de la autogestión encontraran su espacio y su gente, y pudieran recibir lo que esperarían de su trabajo. El ingenuo personaje que hoy les escribe pensaba que la independencia en la labor de grabación y distribución de las obras formaría un ambiente más amable, y abriría más puertas. Y, siendo más inocente aún, pensaba que el público iba a comprender dicho espíritu y escucharía masivamente las tonadas de sus representantes locales, sin importar la oleada turbadora de las grandes maquinarias publicitarias corporativas. Oh tonto de mí!

El mercado de la música, desde siempre, desde los momentos que era parte de la bufonería para los reyes, o completaba los deseos de diversión de los cortesanos, ha sido un negocio cruel, desigual e injusto, donde el músico es el eslabón más débil de la cadena alimenticia. Se supone que eso cambiaría con diversos hechos históricos: la llegada de la radio, la amplificación de los instrumentos para eventos de amplia audiencia, la apertura de teatros y espacios populares, la publicación del vinilo, el cassette, el disco compacto, el mp3, Spotify y similares, etcétera. No estamos en tiempos medievales, eso está claro. Ya no viene el desgraciado vizconde a tirar unas monedas que deben ser recibidas con gracia a cambio de unas cuantas baladas, ni tenemos al emperador que, si pierde interés por el concierto y bosteza en medio de la presentación, descalifica al músico y lo censura por siempre en su territorio. Pero, insisto, los que menos reciben de una industria multimultimultimillonaria son aquellos que hacen el mayor esfuerzo porque la música sobreviva, es decir, sus creadores.

Todo esto que les estoy diciendo, suena (lo sé) a verdad de perogrullo, pero igual hay que decirlo. Si un músico independiente decide hacer y subir una canción a las plataformas digitales, y, especulando, grabarla, mezclarla y masterizarla le costó 500 dólares, para recuperar su dinero debe registar en Spotify más de ciento cincuenta mil reproducciones (eso, sin descontar las comisiones de sus agregadores, descuento por pagos en Paypal, y los costos de la publicidad que han invertido para dar a conocer su producción). Un dato paralelo: Spotify Technology SA comunicó en junio de 2022 a sus accionistas que sus ingresos sumarían 100.000 millones de dólares anuales en la próxima década.  Y ahora, además, las distribuidoras (o agregadoras) encargadas de subir el material a las plataformas (el artista no puede subir sus grabaciones directamente a las plataformas) están decidiendo, por cuestiones de comodidad, eliminar a los clientes que no tengan más de 1000 reproducciones mensuales. No quieren perder tiempo con ellos. De ninguna manera quieren usar sus estructuras para ayudar al menos un poco para promover sus talentos. Nadie dijo que esto iba a ser fácil, ni mucho menos, pero entre el miserable pago y el destrato de estas empresas, la frustración no para. 

Pero no crean que, si tienen «la fortuna» de ser escogidos por una discográfica multinacional o un sello de alta representación local, tienen todo de su lado. Son muy pocos los que no están condenados a contratos leoninos donde ceden el nombre, el corazón, el estómago y hasta sus desechos corporales expedidos durante la vigencia de la firma, a cambio de un poco de lentejuelas para los medios, una popularidad inestable y el espejismo de las posibles alfombras rojas. Shakira, Jay Z, Dua Lipa y otros pocos son una minoría, una en un millón (o mil millones). Y ustedes saben que muchos de los nombres más destacados del espectáculo no hacen precisamente la mejor música. Este no es un negocio de merecimientos. Eso, repito, se sabe hace muchos siglos. Los que se creyeron que las redes sociales nos venían a salvar, deben seguir jugando en tik tok creyendo que un día milagrosamente serán coreados en todos los continentes, no importando el idioma en el que canten. 

Digo todo esto, que muchos de ustedes ya saben, porque, en mi constante ingenuidad, creo ahora que la solución está en la agremiación, en la unión de músicos de cada localidad, de cada país, de cada continente. En ese tipo de asociaciones existe la posibilidad de hacer lobbies para presionar al Estado, a las empresas privadas, al público en general, para que el negocio también le pertenezca a quienes hacer la materia prima, es decir, la misma música. Los músicos deben ser más actores de presión y menos carnada para la industria.

Esto es apenas una introducción para la batalla cultural. En las próximas semanas volveremos a las entrevistas y conversaciones con personalidades de América Latina que proponen nuevas rutas dignas de ser examinadas y, quizás, copiadas o adaptadas a las necesidades de cada escena local. Pero el individualismo a la hora de entrar a recibir su parte en esta torta no funciona, olvídenlo. Hay grandes tiburones en este mar y ustedes, como individuos, apenas son pescaditos de colores aspirando a llegar a la gloria o (al menos) a la supervivencia. La gran mayoría de ustedes, así, no tendrá la suerte de Nemo, se los aseguro. 

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