Por José Gandour @zonagirante 

Arte portada Zonagirante Estudio 

Una conversación improbable entre humanos, algoritmos y canciones que no salen en el Top 40

Hay días en los que uno se pregunta, con una mezcla de cansancio y terquedad feliz, por qué sigue haciendo esto.
Por qué seguir sosteniendo un medio cultural independiente en 2026, cuando todo parece empujar hacia lo contrario: la velocidad sin contexto, el scroll infinito, la reseña convertida en meme, la música reducida a fondo sonoro para videos de quince segundos.

Zonagirante nació en otro tiempo, con otras herramientas y otras ingenuidades. Pero sigue aquí, mutando, adaptándose, respirando. Y hoy, curiosamente, una de las cosas que más claridad me ha dado sobre su sentido no vino de una redacción, ni de una sala de conciertos, ni de una conversación de bar, sino de charlas largas y honestas con dos inteligencias artificiales: ChatGPT y Claude.

No lo digo como truco publicitario ni como provocación futurista. Lo digo porque esas conversaciones me ayudaron a ordenar ideas que ya estaban flotando en mi cabeza: sobre periodismo cultural, sobre independencia, sobre tecnología, sobre por qué todavía vale la pena contar historias musicales que no entran en los moldes dominantes.

Y sí, lo advierto desde ya: este texto está atravesado por la IA. No porque ella lo haya escrito por mí, sino porque me ayudó a pensar mejor. Y eso, en sí mismo, ya dice mucho sobre el momento que estamos viviendo.

1. Más allá del testimonio en TikTok

Vivimos una época paradójica: nunca hubo tantas personas hablando de música y, al mismo tiempo, tan pocos espacios donde realmente se piense la música.

Hay testimonios, reacciones, unboxings emocionales, videos grabados en la salida de conciertos, hilos de X que duran lo que tarda el algoritmo en bostezar. Todo eso tiene valor. No lo desprecio. Es parte del pulso cultural del presente.

Pero también hay algo que se está perdiendo en el camino: la idea de construir memoria, de hilar contextos, de mirar escenas completas y no solo momentos virales, de decir “esto importa” aunque no tenga millones de reproducciones.

Un medio cultural independiente no compite con TikTok ni con Instagram. Juega otro juego. O debería.
No el de la inmediatez pura, sino el de la persistencia.
No el de la validación algorítmica, sino el del criterio.

Zonagirante no existe para ser el primero en publicar algo. Existe para ser coherente con una mirada: América Latina como territorio creativo, la música alternativa como ecosistema vivo, la cultura como conversación larga, no como fogonazo.

2. Independencia no es pobreza ni épica

Hay una idea romántica y bastante tóxica alrededor de lo “independiente”:
como si significara vivir siempre al borde del colapso financiero, trabajar gratis, quemarse por una causa y sonreír mientras tanto.

No.
Independencia no debería ser sinónimo de precariedad.
Ni de martirio.
Ni de heroísmo estéril.

Para mí, independencia significa algo mucho más concreto y mucho menos épico: poder decidir qué historias contar sin pedir permiso, sin tener que alinearlas con la agenda de una marca, de un partido político o de un conglomerado mediático.

Significa también aceptar que necesitamos herramientas, alianzas, modelos sostenibles. Que la pureza absoluta es un mito y que la supervivencia también es una forma de ética.

En ese punto, la tecnología no es enemiga. Es aliada.
Incluida la inteligencia artificial.

3. La tecnología como sospechosa eterna

Todo esto también explica por qué la tecnología aparece siempre en nuestras conversaciones como un personaje incómodo.
No como salvadora, pero tampoco como villana.

Hay algo casi cómico en cómo repetimos el mismo guion cada vez que aparece una herramienta nueva.

El sampler fue “trampa”.
El autotune fue “herejía”.
El MP3 fue “el fin de la música”.
Ahora la IA carga el mismo sambenito moral.

Siempre hay un momento de pánico.
Siempre hay guardianes del gusto anunciando la decadencia final.
Siempre hay columnas indignadas, manifiestos solemnes, discursos sobre la muerte del arte.

Y, sin embargo, la historia es tozuda:

El sampler no mató la música.
Creó el hip hop, la electrónica moderna, nuevas formas de collage sonoro.

El autotune no destruyó la voz humana.
Se convirtió en un recurso expresivo más, para bien o para mal.

El MP3 no acabó con la música.
Cambió su circulación, su economía, su accesibilidad.

Hoy la inteligencia artificial está atravesando su propio ciclo de demonización. Y ojo: hay debates legítimos sobre derechos de autor, explotación laboral, concentración de poder, opacidad algorítmica. No soy ingenuo frente a eso.

Pero también hay una reacción automática, casi supersticiosa, que confunde herramienta con intención.

Usar IA para investigar, editar, pensar mejor, estructurar ideas, traducir, explorar referencias, no te convierte en un traidor cultural.
Te convierte en alguien que quiere trabajar mejor con los recursos de su tiempo.

4. Conversar con máquinas para no ser ninguneados por humanos

Hay algo que me incomoda profundamente en cierto discurso “anti-IA” dentro del periodismo cultural:
esa postura moralista que viene casi siempre de lugares de privilegio.

Porque, seamos honestos:
no es lo mismo rechazar la IA desde una redacción con presupuesto, diseñadores, editores y tiempo pago, que hacerlo desde un proyecto independiente que sobrevive a pulso, desde América Latina, con recursos limitados.

Para medios como Zonagirante, la inteligencia artificial no es un juguete futurista. Es una palanca.

Una forma de:

– escribir mejor
– investigar más rápido
– pulir ideas
– traducir contenidos
– ordenar pensamientos dispersos
– competir, aunque sea un poco, con estructuras gigantes

No para reemplazar criterio humano.
No para fabricar textos sin alma.
Sino para no ser ninguneados por los grandes medios, ni por los prejuicios evidentes contra la tecnología, ni por la lógica de “si no tienes redacción, no existes”.

En ese sentido, usar IA desde la independencia no es rendición.
Es resistencia pragmática.

5. Contar lo que pasa de este lado del mundo sin telarañas

Uno de los motores históricos de Zonagirante ha sido este:
mostrar lo que pasa en América Latina sin caer en el cliché folklórico, sin el filtro condescendiente del “exotismo”, sin la mirada colonial de los grandes medios del norte.

Hay escenas increíbles en Bogotá, en Buenos Aires, en Ciudad de México, en Lima, en Medellín, en Montevideo, en Santiago.
Hay artistas que no encajan en géneros fáciles.
Hay sonidos híbridos, políticos, íntimos, experimentales, raros, hermosos.

Y, sin embargo, siguen siendo invisibles para gran parte del circuito mediático global.

¿Por qué?

Porque no generan suficiente tráfico.
Porque no tienen PR internacional.
Porque no suenan “vendibles”.
Porque no encajan en narrativas prefabricadas.

Ahí es donde un medio cultural independiente todavía tiene sentido:
como espacio de curaduría, no solo de cobertura.
Como lugar donde alguien dice: “esto merece atención, aunque no esté de moda”.

Y esa lógica no vive solo en los artículos largos, en las entrevistas o en las crónicas.
También se juega en decisiones aparentemente menores, en formatos que muchos consideran secundarios, en gestos editoriales que no hacen ruido pero que construyen identidad a largo plazo.

Una de esas decisiones tiene nombre propio: Mujeres.

6. Mujeres, playlists y decisiones que se toman a fuego lento

Todo esto no se queda en ideas abstractas.
También se juega en decisiones pequeñas, cotidianas, aparentemente menores.
Como una playlist.

Mujeres no es una playlist nueva.
Existe desde hace tiempo.
Viene creciendo, mutando, sumando nombres, borrando otros, respirando al ritmo de lo que va pasando en la escena.

Lo que es nuevo no es la lista.
Es la forma de mirarla.

Durante años hice lo obvio:
armaba playlists en plataformas musicales y dejaba el link flotando por ahí, como una botella lanzada al mar del streaming.

Útil, sí.
Pero incompleto.

Porque una playlist sin contexto es solo un catálogo.
Y Zonagirante nunca quiso ser solo un catálogo.

Editorializar Mujeres fue una decisión pequeña en apariencia, pero grande en sentido:
rodearla de palabras, de intención, de una mirada que explique por qué esas canciones están juntas, qué dicen como conjunto, qué historia insinúan sobre la escena femenina independiente en América Latina.

No es una lista definitiva.
No es un ranking.
No es una jugada oportunista.

Es una pieza editorial en evolución.

Elegir qué suena, qué se nombra, qué se enlaza, qué se destaca sigue siendo un acto político, aunque no lleve pancarta ni hashtag.

Y sí: hoy esas canciones se pueden escuchar en Spotify y en Tidal.
Usamos plataformas corporativas.
Vivimos dentro de contradicciones.
No somos puros.
Somos funcionales.

La independencia no es aislarse del mundo.
Es negociar con él sin perder del todo la brújula.

Mujeres es solo un ejemplo, pero resume bien el tipo de decisiones que definen a un medio cultural independiente:
no hacer lo mínimo indispensable, sino un poco más;
no limitarse a enlazar, sino a contextualizar;
no conformarse con circular contenido, sino con darle sentido.

Y desde ahí, la pregunta vuelve a abrirse sola.

7. ¿Por qué seguir?

Entonces, vuelvo a la pregunta inicial:

¿Por qué seguimos haciendo medios culturales independientes en 2026?

Porque alguien tiene que:

– frenar un poco la velocidad
– construir memoria
– ofrecer contexto
– sostener escenas invisibles
– escribir sin pensar solo en clics
– experimentar con formatos
– usar tecnología sin miedo ni fetichismo
– equivocarse en público
– seguir preguntándose cosas

Porque no todo puede reducirse a métricas, KPI, conversiones y funnels.
Porque la cultura no es un embudo de ventas.
Es una conversación larga, caótica, hermosa y profundamente humana.

Y porque, incluso en esta época saturada de estímulos, todavía hay personas que quieren leer algo que no esté optimizado para nada, salvo para decir algo honesto.

8. Epílogo provisional

Este texto no es un manifiesto.
Es una nota al margen del cuaderno.

Mañana quizás cambie de opinión sobre varias cosas.
Pasado mañana seguro.
Eso también es parte de la independencia: no cristalizarse.

Zonagirante sigue aquí no por nostalgia, sino por terquedad lúcida.
Porque todavía creemos que la música merece algo más que un loop de quince segundos.
Porque todavía creemos que América Latina no es un pie de página cultural.
Porque todavía creemos que la tecnología puede ser herramienta y no solo amenaza.
Porque todavía creemos que vale la pena escribir, incluso cuando nadie promete leer.

Y porque, de alguna manera extraña, conversar con humanos y con máquinas al mismo tiempo nos está ayudando a entender mejor qué demonios estamos haciendo… y por qué todavía vale la pena hacerlo.

P.s. Por si no la has escuchado. Aquí va de nuevo la actualización de Mujeres:

 

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