Por José Gandour @zonagirante

Fotos archivo Heloisa Marshall

No estoy aquí para enseñarle nada a nadie. Zonagirante.com me sirve para compartir con quien lo desee el placer que significa para mí escuchar música y, especialmente, hacer “descubrimientos” en los lugares más ocultos de las plataformas digitales.

El placer de descubrir música fuera del algoritmo

Sí, juego a ser “el raro”, el que presume haber encontrado una joya que hasta ahora no han escuchado más allá del círculo íntimo del artista (triunfos mínimos que justifican una sonrisa en el día), pero, al mismo tiempo, me satisface salir de las fauces del algoritmo, esas donde insisten en que lo único que vale es lo que acumula millones de reproducciones, lo que brilla en todos los medios, donde hablamos de tal o cual músico/a a veces más de sus detalles íntimos que de sus sonidos.

No dudo que entre los top 40 de los grandes listados hay cosas maravillosas y no me voy a pelear con nadie las razones por las cuales a algunos les llega el éxito y a otros no.

Este es un negocio injusto, sucio y perverso, y se ha sabido desde siempre, pero, afortunadamente, en medio de semejante corrupción siempre hallamos música maravillosa en medio de la basura generalizada.

Pasa en todos los rincones de la industria, incluidos los espacios más underground. La inocencia no se halla tampoco en la pobreza o la marginalidad. Pero lo bueno de esta época digital es que, si uno se pone a dar vueltas por ahí y se decide a curiosear, puede hallar unas joyas increíbles, unas maravillas que uno desearía que las escuchara más gente, porque han logrado impactar en nuestra audición, encontrando en ese material lo que uno desea de la música desde siempre.

¿Qué le pedimos hoy a un artista independiente?

En lo personal, a estas alturas de mi vida, ¿qué le pido al artista? Que se arriesgue, que rompa su propio molde y, de paso, el esquema que le impone la tendencia del momento.

¿Eso es posible? Muy pocas veces se logra. Pero el intento debe traer alguna satisfacción. Yo no soy músico, no toco bien ni un timbre, pero como amante de la música le pido al artista que intente diferenciarse, que supere las armas a su disposición y que quiera ser recordado porque hizo algo genial y distinto.

No es necesario componer los Conciertos de Brandeburgo de Bach, ni improvisar como Charlie Parker, ni mucho menos ser Brian Wilson en plena sesión de grabación de Pet Sounds. Pido (y no quiero que suene a labor menor) que ese artista —ese hombre, esa mujer— me muestre su propio camino, que decidió usar lo que tiene a su alcance y quiso hacer algo, a su manera, renovador. Nadie va a volver a inventar la rueda, pero sí hay que hacer el esfuerzo por crear memoria auditiva para ser recordado. Eso, igual, no garantiza nada: ni la celebración, ni las masas vitoreando cada himno compuesto, ni las fotografías para los posteos de la farándula. Pero la aventura vale la pena, creo yo.

Heloisa Marshall y el valor de arriesgarse

He vuelto a escuchar a Heloisa Marshall, artista brasileña residente en Porto Alegre. Adoré su EP de 2024, Notas pro Apocalipse, un trabajo grabado en casa donde desarrolló una exquisita mezcla de géneros, mimetizando pop, MPB, trap, electrónica y rock. Una placa preciosa, rara, audaz.

Ahora, en marzo de 2026, en compañía de Ana Silva, presenta un nuevo compilado de tonadas llamado Passarinhos. Apenas seis canciones, con una duración menor a los 18 minutos. Todo comienza con una explosión de distorsión llamada Medo, hecha sin concesiones, que puede recordar los momentos más rabiosos de PJ Harvey, con una percusión industrial que respalda al fondo esa sensación de desahogo y deseo de cachetear al oyente sin piedad, en busca de la reacción, del placer de saberse abordado por la revelación.

Y luego, sin pausa, llega el paso a un momento de pop sucio, Omeuvacio, que no está ahí para limpiar los elementos cáusticos del corte anterior; al contrario: la deliciosa claustrofobia se afianza, quizás con una ternura perversa inesperada.

Passarinhos: un disco que incomoda y seduce

Passarinhos es un disco que para muchos podrá sonar “raro”, “extraño”, “poco corriente”. Más de uno se molestará porque no suena a lo que siempre suena en su estéreo. Además, es intencional que cada canción se tarde en arrancar después del largo silencio con el que acaban las grabaciones. Todo parece inusual y más de uno intentará decir que es un álbum autodestructivo, de esos que se hacen para ser repudiados por sus elementos bizarros. Pero no. Do mundo do meu coração puede ser escuchada como una balada de consuelo efectiva para cualquiera que aprecie y necesite la buena música.

No contendrá los elementos cliché que esperan los ejecutivos de las grandes compañías y sufrirá la indiferencia de los curadores más populares de Spotify, pero, en su espléndida diferencia, reside una brillantez que merece ser apreciada.

Passarinhos, en muy corto tiempo, pasa del enojo a la ternura y luego al baile. Es un disco que podrá parecer ecléctico, pero logra su coherencia colectiva en las decisiones de la producción, donde las reverberaciones son una constante cortina que instala un ambiente preciso, y donde la libertad en el uso de instrumentos, sin encerrarse en un esquema determinado, abre muchas rutas que consiguen grabaciones sólidas y atrapantes.

Escuchar sin mapa: una invitación necesaria

Volvamos al principio del texto. Amigos, amigas, permítanse, de vez en cuando, oír música que se salga de sus límites. Nadie les está diciendo que rompan con sus costumbres, que bien les pertenecen y los hacen más o menos felices. Pero, detrás de los luminosos escenarios y los grandes titulares que nos venden constantemente desde el mainstream, hay mucho por escuchar, y seguro que hay material emocionante, satisfactorio, que posiblemente los ayudará a completar un espacio no explorado entre sus gustos.

En este caso, les recomiendo escuchar a Heloisa Marshall. Otro día les hablaré de otras artistas, recordándoles, de paso, que, hoy por hoy, gran parte de lo más interesante de la música proviene del lado femenino e independiente. No lo duden ni por un segundo.

 

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